Desaparecido

Por: José Luis Ramírez.

 

Son las ocho de la noche, todavía el sol no oculta esta sórdida tarde de julio. Han transcurrido mas de once horas de la explosión que ocurrió en el río Laja. Estoy parado en el bordo del río viendo de frente el puente del ferrocarril y los puentes del libramiento sur, a un lado están las instalaciones de Avón. A doscientos metros de mí, se levanta un enorme mechero de fuego sobre la escasa corriente de agua que lleva el río. Un trascabo cerca de la llamarada, luce quemado, y metros adelante se observa la carcasa de un tractor que se cuece en medio de las llamas. 

Este espectáculo de fuego, ilumina los terraplenes de tierra aun sin ordenar y compactar que se amontonan en las riberas del río, de hecho estoy parado sobre uno de ellos. Es tierra lodosa que se hunde con mi peso, no puedo ir mas allá. Hay un cerco militar. Desde ese mirador de la desgracia tomo fotos y videos. Por ese sendero, que se extiende sobre la orilla del río, caminé hace unas semanas. Mis pulmones se ensanchan involuntariamente y me llega una oleada de calor y humo que los penetra con una sensación de consternación. Respiro profundamente por la nariz, en ese fuego que me ciega la vista, se consumieron personas. Me entra suavemente una ira y un sentimiento de incomprensión.

En la última semana del mes de abril, Jorge Enrique, Manuel y yo, recorrimos el río desde el Garambullo hasta el Puesto. Son los 6.3 kilómetros que habían anunciado que limpiaría el municipio. Nos preocupaba que los pobladores de esa zona volvieran a sufrir la pesadilla de la inundación del año pasado y de años anteriores. Octavio, nos había preparado una entrevista con Jesús Revilla, que vive justo a un lado del Puente del Garambullo, con él, conocimos los secretos del Laja, la historia de su paso, a veces tranquilo, y otras agitado y rabioso. Jesús conoce palmo a palmo el cauce del Laja, presiente la llegada del agua que pasara con urgencia para unirse al moribundo Rio Lerma, no sin antes, dejar vida donde era un camposanto del abandono.

En un par de meses, fuimos recorriendo el Rio Laja desde el punto donde llega a Celaya, hasta donde termina. Fueron 37.8 kilómetros de sorpresas e historia. Pudimos entender el origen de las inundaciones cíclicas, y algunos secretos de la tierra. Hablamos con los pobladores de los sitios inundables, visitamos los lugares donde el agua de lluvia se convierte en arroyo y furia. Visitamos comunidades estragadas por las lluvias, puentes caídos, calles desaparecidas, bordos horodados, pero también sitios donde la lluvia nos habla del paraíso.

Nos dimos cuenta entonces que la limpieza del río laja, era una aspirana para una enfermedad mayor, provocada por la corrupción, ineptitud, falta de empatía, mezquindad y egoísmo de funcionarios y políticos de todos niveles. Organizamos 2 conferencias, y charlas con especialistas en el tema, leímos todo lo que encontramos sobre las inundaciones que había sufrido nuestro rancho desde los años sesenta. Denunciamos entonces la inutilidad de una limpieza parcial, y propusimos la idea de rescatar el río Laja, mediante una intervención integral que lo sanara.

Habíamos señalado el apresuramiento y la desorganización de la limpieza que había empezado a realizar desde los primeros días de abril el municipio. El director de Imipe hacia cuentas alegres, y festejaba los avances. Hicimos notar que la temporada de lluvias estaba encima, y complicaría los trabajos. De hecho, señalamos la inviabilidad de esa limpieza en temporada de lluvias, pero no hicieron mayor caso. El 27 de abril, Jorge Enrique, ingeniero civil de profesión les presento un documento que daba testimonio de una cantidad de irregularidades que habíamos encontrado durante las visitas que habíamos hecho en el curso de la limpieza.

Días de trabajo y reflexión de un tema desconocido para nosotros, fue aclarándose de manera muy simple. El riesgo de inundación siempre estará presente porque no hay acciones de prevención y previsión, solo de mitigación de los daños. Con el cambio climático, los ciclos de tormentas y huracanes se han modificado. La lluvia cae sobre un suelo impermeable y se dirige en mayor cantidad y velocidad sobre nuestro río Laja, No hay obras hidráulicas que permitan una mayor captación de agua en el cauce, y por otro lado un abandono y contaminación. 

La historia también nos ilustró. La Presa Allende fue construida en 1968, y tiene una capacidad de salida de 600 metros cúbicos por segundo. Tiene 40 años. La presa tiene la finalidad de controlar las avenidas e inundaciones, como las que afectaron a la ciudad de Celaya, en 1967, 1971 y 1973.

Tenemos un cauce del Río Laja que tiene la capacidad de recibir y conducir 200 metros cúbicos de agua por segundo. Recibe las descargas de agua de la Presa Allende, de Comonfort y del Río Querétaro y los Apaseos. En la inundación del año de 1973, la salida de agua de la presa Allende fue de 420 metros cúbicos por segundo. En la inundación de Honda del año pasado, la salida de agua de la Presa Allende fue de 220 metros cúbicos por segundo, además de las descargas de Comonfort y el Río Querétaro. El cauce del Río Laja no tiene espacio para caudales de agua superiores a 220 metros cúbicos por segundo, y lo obvio apareció: POR ESO SE INUNDA.

Al observar los trabajos de limpieza nos dimos cuenta que la intervención en el Río Laja, era un “parche de 6.3 kilómetros”, que solo deformó el cauce en sus laderas, reblandeció los bordos, los taludes los dejó sin compactar, impacto el hábitat de especies animales ya casi desparecidas.  Si eso no hubiese sido suficiente, no aumentó ni un centímetro su capacidad de almacenar y conducir mas caudal. 

Lo grave, ya lo habíamos repetido, LA LIMPIEZA DEL RIO LAJA SE ESTABA HACIENDO AL AVENTON. Señalamos que no había un protocolo de intervención, que todo se hacía al “sentimiento”; señalamos que con las lluvias, prácticamente sería imposible seguir limpiando; señalamos que estaban limpiando de manera apresurada y desorganizada; señalamos que era imposible limpiar el centro del cauce porque ya había corrientes de agua. Hablamos, comentamos con prácticamente todos los miembros del Ayuntamiento estos señalamientos, pero nadie hizo caso. La tragedia llegó desde otro ángulo de la desgracia, pero llegó.

Miro como las llamas enormes se ondean y se rompen como banderas de fuego. Cada minuto aumenta mi indignación, siento una tristeza que invade mi cuerpo como si fuera agua helada que me estremece.  Hace unas horas antes, en este lugar, cuatro trabajadores realizaban con maquinaria pesada las labores de limpieza en medio del fango. Una oruga o tractor, trabaja a un lado de una retroexcavadora, ambas se desplazan con dificultad sobre el lodo y agua, de pronto, debajo de ellos salen ráfagas de agua y una nube de gas estalla. Nadie les había advertido de esa trampa mortal. Han chocado contra un ducto de combustible que ha quedado sin la protección de arena, a pesar de estar cubierto por concreto. Los trabajadores, al observar la nube que surge del agua, no pueden huir, en segundos se levanta una enorme y siniestra llamarada, y le sigue una explosión que nos avisa de la tragedia consumada. 

A trecientos metros miro como se levantan las llamas sobre un espejo de agua que se alarga, y trata de huir de ese paisaje de muerte. Los esqueletos de fierro se asoman entre el fuego, pero los cuerpos de los trabajadores consumidos en las llamas quizá nunca se encuentren. Por ahora, las voces de la irresponsabilidad, les han llamado desaparecidos. 

Manuel, Enrique, Jorge y yo, abandonamos el sitio de la explosión. Nos vamos al Garambullo por el carro de Jorge, sale Jesús Revilla a recibirnos en el patio enorme de su casa. No logro aquietar mis pensamientos, intercambiamos saludos y comienzan los comentarios, oigo sin prestar atención. Jesús cuenta que en el curso del día, a un costado de su casa donde se realizan también labores de limpieza, estuvo a punto de repetirse el mismo suceso. Un grito de alarma impidió que se consumara una segunda explosión, oigo su narración, y me parece imposible que la insensibilidad y la falta de sensatez tengan piel humana. Creo que hay un manto de impunidad que cobija las mas viles acciones y conductas. Hacia el lado poniente se escucha en el cielo un trueno, y se ven nubes grises cargadas de agua, miro a Jesús Revilla, y dice, de ese lado sí vienen las lluvias. Vuelvo a estremecerme.

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