Ir al origen, zurcir las heridas

La calzada de la Aurora tiene un historial de participación que se remonta a los años 80, época en que los vecinos se organizaron para pagar el adoquinado de la calle, plantar árboles, colocar bancas y solicitar la instalación del alumbrado público.
Más recientemente la participación tuvo otro motivo: un intento de asalto a una vecina de la zona. El impacto del suceso nos hizo darnos cuenta que los vecinos teníamos que tomar medidas para tratar que no se repitiera. Las posturas iban desde contratar vigilantes, poner cámaras o cortar los árboles, hasta otras que apuntaban hacia una intervención más conciliadora.
La dinámica inmobiliaria de San Miguel y la intermitente rotación de propietarios y residentes había roto la relación entre los vecinos y, salvo algunas excepciones, ya no sabíamos quienes vivían a algunas puertas de distancia. El intento de asalto se convirtió entonces en un pretexto para volver a conocernos, reconectar y fortalecer la confianza entre las personas.
Gracias a la apertura de quienes encabezan el Comité Vecinal se impulsó un proyecto de intervención a través de un enfoque de diseño social, los objetivos: identificar las herramientas que teníamos a nuestro alcance para mejorar el entorno, fortalecer la relación entre los avecindados, conciliar la presión que representa la tremenda cantidad de personas que pasan diario por este acceso y, de forma paralela, comprometer al Municipio a colaborar en algunos puntos específicos de interés colectivo.
Tomando como referencia la teoría de las Ventanas Rotas, se impulsaron talleres de diseño participativo, caminatas de reconocimiento de la calle y sensibilización sobre la importancia de la accesibilidad universal para personas con discapacidad motriz, además de jornadas periódicas de limpieza y mantenimiento de la calle.
Respecto a la relación con el Gobierno, y en específico sobre el tema Seguridad Pública, convocamos a funcionarios de esa Dirección para orientar a los vecinos respecto a protocolos, el uso de los llamados “botones de pánico”, además de la creación conjunta de herramientas para agilizar la comunicación y atención frente a situaciones de emergencia.
Con estos antecedentes, podría decirse que es posible abordar la problemática de seguridad y la regeneración del tejido social desde iniciativas vecinales, pero la verdad es que el alcance y los resultados siempre serán limitados por factores que van desde los recursos económicos, el nivel educativo y de conocimientos, la apertura a aplicar nuevas ideas y, sobre todo, la tremenda barrera que implica asumir nuestra responsabilidad ciudadana de manera voluntaria y dedicarle parte de nuestro tiempo.
Si bien en la zona de Calzada de la Aurora se lograron resultados pequeños pero significativos (volver a confiar en nosotros, quizá el más valioso de todos), es necesario reconocer que, aunque todas las colonias de San Miguel replicaran esfuerzos como este, ni siquiera así sería suficiente para atender la problemática que hoy vive San Miguel de Allende.
La seguridad pública es un tema multifactorial que no sólo se trata de tener más vigilancia, enfocarla en ciertas zonas, llenar la ciudad con cámaras y policías, crear preparatorias militarizadas, controlar las redes sociales, o culpar al Poder Judicial. Tenemos que ver más allá, comprender el origen.
Es necesario reconocer que la situación que durante los últimos años ha vivido San Miguel no surgió por generación espontánea, y es consecuencia de llevar a cuestas una larga suma de errores y omisiones en muchos niveles, y en este proceso todos cargamos con cierto grado de culpabilidad. Podemos comenzar con lo más cercano, nuestro ámbito familiar más íntimo, o como nos relacionamos con nuestros vecinos hasta, por supuesto, el rumbo que toma San Miguel como consecuencia de la ausencia de políticas públicas integrales con un enfoque social y no exclusivamente económico, como durante los últimos años se ha priorizado y hasta presumido.
San Miguel de Allende se convirtió en un lugar atractivo para vivir no sólo por la Parroquia, sus calles bonitas, el clima o que en algún momento fuese un lugar barato; San Miguel fue atractivo por la atmósfera que se respiraba en sus calles: el sentimiento de comunidad, el convivir en paz, sus brazos y puertas abiertas para todos, sin excepción.
La manera en que se construye el San Miguel de hoy, con la segregación espacial, social y
económica que genera una voraz industria inmobiliaria, escudada siempre con las banderas de la seguridad, la exclusividad y la privacidad, tendrán impactos a mediano y
largo plazo no sólo en el medio ambiente, la atención de emergencias o la cobertura de los servicios públicos; sino mucho más allá, pega directo en el alma de San Miguel de Allende: la manera en que nos relacionamos entre nosotros.
San Miguel pasó de ser uno sólo, a ser un montón de burbujas que no se hablan entre sí, que se evitan a toda costa y no les interesa el otro porque dentro de esa burbuja de confort todo está controlado y no hay lugar para los indeseables. No existen.
La relación entre cómo influye en los índices delictivos la manera en que se construyen las ciudades contemporáneas (ordenamiento y desarrollo territorial) es un tema que ha sido estudiado por investigadores de algunas universidades del país. La evidencia existe.

Si hay una alta incidencia de delitos en una zona específica tenemos que ir al origen, estar dispuestos a entender cómo se generó ese contexto y quienes, en qué condiciones y por qué viven ahí. ¿En qué fallamos?

En este punto crítico de la historia, San Miguel de Allende debería tener la madurez y la humildad suficientes para:
1- Reconocer los errores y omisiones y hacer lo posible por enmendarlos.
2- Dejar atrás la simulación.
3- Exigir la construcción de soluciones con un enfoque integral y que no vean al dinero como lo único importante.

En un contexto de desigualdad, fricciones y confrontaciones invisibles entre los ciudadanos de San Miguel, las intervenciones que se hagan en lo público deberán tejerse con mano de cirujano. Aún estamos a tiempo de zurcir las heridas del alma de San Miguel.

Texto de Francisco Mota

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