De los hortelanos a los locos, una historia peculiar

En la actualidad uno de los espectáculos más llamativos es el de “Los Locos”, el domingo 18 de Junio,  las calles de San Miguel irán poblándose por una abigarrada multitud que ahora ya no es sólo de los vecinos sino que reúne a muchos turistas que  llegan a ver y  participar en este evento. Con mucha anticipación los integrantes de los diferentes cuadros se ponen de acuerdo y exhiben en sus respectivos carros alegóricos diversos temas, las máscaras y los atuendos son relativos a ellos; pero muchos otros participantes simplemente fabrican o adquieren su propio disfraz y dan rienda suelta a su fantasía o a su creatividad y consumen toda su energía en esas horas normalmente de mucho calor.
La fruta que antes se obsequiaba al público se ha trocado por dulces. Los atuendos de arlequines son ahora totalmente impredecibles.  Hoy en día los altos precios de la música viva, o quizás no sólo por la economía sino también por la oportunidad de tener un sonido tanto o más fuerte que la banda y los necesarios descansos, los conjuntos musicales han sido desplazados por los equipos de sonido, los que acompañan los desgarbados bailes de los “locos” de San Miguel.

Los cuadros más conocidos son: el cuadro del Parque del Señor J. Cruz Patlán “el Camotero”; el cuadro Antiguo, del señor Jorge Baeza, nieto de don Faustino Rubio; el cuadro del Tecolote del don Guadalupe Peralta, el cuadro nuevo del señor Primitivo Luna Salazar “el Chipotas”, hoy dirigido por Patricio Espinosa, y el cuadro de la Mojiganga del señor Emigdio “el Gordo” Ledesma. Hay otros cuadros en el barrio del Valle del Maíz y de la Palmita. También en los ranchos como en Flores de Begoña, la Cieneguita y Galvanes.

HISTORIA

En uno de sus escritos el padre Félix Pérez de Espinosa dice que dentro de las huertas que había en la Villa de San Miguel el Grande trabajaban los indígenas y sus familias, los que al ser catequizados, entre otras cosas conocen que en España el santo patrono de los huerteros es San Pascual Bailón quien había sido el encargado del jardín, de la huerta y de la cocina en su convento.

Adelantado discípulo, el indígena se identifica inmediatamente con el santo, aprende, adopta y adapta tradiciones, entre éstas está el canto y el baile cuya base armónica descansa en el tamborcito y la chirimía.

chirimia
Chirimia tradicional

Para practicar sus bailables, los hortelanos vestían los trajes propios de su faena: ellas los adornaban con los utensilios de la cocina y los varones con alguna herramienta de labranza. Se organizaban en “cuadrillas”, que no eran otra cosa más que las familias conformadas no sólo con el matrimonio sino que igualmente participaban hijas, hijos, nueras y yernos, “…desde la infancia los bailarines aprendían gestos y evoluciones…” (Enciclopedia de México III. Pág. 412).

Con el tiempo las familias que participaban en la danza se organizaron en cofradías, encomendadas, desde luego, a San Pascual Bailón cuya imagen pintada en lienza o lámina presidia las celebraciones. Se sabe que en el templo de la Tercera Orden se le hacía una misa cada 17 de mayo. En el atrio, otrora cementerio, bailaban estas cuadrillas. Terminando el baile se trasladaba el sacerdote a las huertas y bendecía los frutos. Hecho esto se abrían las puertas a todos los vecinos, los que podían comer toda la fruta que quisieran, excepto llevarla a sus domicilios.

El gusto por ver estas danzas fue en aumento y teniendo tanto éxito destacaron especialmente las conocidas como de “los hortelanos” y “el torito” en torno a las cuales se arremolinaban los espectadores, lo que dificultaba el desarrollo normal de los bailables por lo que fue necesario ‘proteger’ a los bailantes invitándoles a retroceder y ampliar el círculo del público. Esta tarea era realizada por los hortelanos mayores. Alguno de ellos seguramente ideó disfrazarse de espantapájaros, personaje éste muy común en las huertas. Poco a poco se fue separando el baile de los “Hortelanos” y el de los “locos”. El púbico cambio su gusto por el primero y ha llevado a los segundos hasta el lugar que hoy ocupan. A mí sólo me toco conocer a don Antonino quien no dejaba morir a un bailable y tenía su grupo con muchos pequeños que aprendían el otrora bailable popular. Los entrenaba cerca de la casa de don Celso Ortiz, en la calle Julián Carrillo. Entonces estaba sin empedrar. La maestra Inés también impulsó a este baile sanmiguelense que debe conservarse por ser parte de nuestras raíces.

Ataviados con trajes raídos, máscaras de cuero, varas de membrillo y de pera, los hortelanos mayores, giraban al interior del círculo dando pequeños golpes a los pies de los espectadores para impedir que agobiaran a los bailarines, los que no se inmutaban con su presencia, no así los pequeños, quienes se protegían seguramente tras el cuerpo de los adultos a quienes acampaban. En ocasiones los huerteros llevaban en las manos animales disecados como ardillas, tejones, alicantes, etc.

desfile
Carro alegórico en honor a San Pascual Bailón

Si bien no participaban en la coreografía, al realizar su función seguían el paso con movimientos deliberadamente grotescos que, sumado a su facha estrafalaria, les ganó el mote de “locos”. Y al grito de ¡ahí viene el loco! Enmendaban el terreno que los espectadores habían avanzado hacia el centro del círculo. El Lic. Leobino Zavala dejó escrito que “…Amado el panadero, aquel Amado narices anchas que siempre salía de “loco” en la danza de los hortelanos, con su máscara de cartón (…) su sombrero con una pluma de guajolote, su vestido de percal estilo payaso, un chicote o una larga vara en la mano, una jaula a la espalda con una rata muerta o un tecolote en el mismo estado encerrados en ella y una ardilla o un tlacuache disecado, repletos de aserrín, que amorosamente arrullaba entre sus brazos, como si fuera un niño, mientras bailaba incansablemente, haciendo sonar los cercos de cascabeles que llevaba en los tobillos, sobre unos enormes zapatos de vaqueta”. (Tradiciones y Leyendas Sanmiguelenses, p.13)

Sin precisar un orden, aparece también quien se disfraza de mujer y representado a la “madre vieja” en el conjunto de “locos” a este tipo se le conoce como “marota”. Los disfraces femeninos se acostumbraban en todas las partes del país”. (Enciclopedia de México III. Pág. 412).

Durante sus orígenes esta fiesta fue celebrada en las huertas o en el parque. Cuando se idearon los carros alegóricos, los primeros llevaron siempre escenas de las vidas de San Pascual y San Antonio o del Sacramento Eucarístico. Posteriormente las representaciones fueron totalmente profanas. Cada uno de los cuadros salía de su barrio hacia el centro. Del parque: el Cuadro del Parque; del puente de Guanajuato: el Cuadro Antiguo; y del “portón”: el Cuadro Nuevo. Fue a iniciativa del profesor Braulio Correa Pérez  que el C.P. Pablo Muñoz Ferrer, Tesorero Municipal, logró que los cuadros aceptaran salir a una sola hora y de un solo lugar. Así el primer año salieron del Puente de Guanajuato, los dos siguientes de la Colonia Aurora, hasta que finalmente se estableció como punto de partida la calle ancha de San Antonio a las doce del día.

El señor cura Elías León Rodríguez, al siguiente año de su llegada, con objeto de que no faltaran a misa les ofreció celebra una especial para ellos y sus familias; la que desde entonces se lleva a cabo a las once de la mañana en el templo de San Antonio. Con el tiempo los “locos” modificaron sus vestidos así como su acompañamiento musical. En un tiempo se les vio bailando  con alegres bandas de viento que interpretaban diversos jarabes y otras melodías muy rítmicas como danzones, chachachás, etc.

Poco después el grupo de “locos”  haría su indumentaria. Primero era: bombacho ajustado al término de las extremidades con grandes cuellos, colores alegres, correspondiendo igual color en el brazo izquierdo y pierna derecha y de color contrario en las otras dos. Conservan la máscara aunque ahora será de madera o de cartón representando rostros humanos; terciado llevan un morral que llenan de peras y que van regalando a su paso. Hace algunos años muchos de los “locos” lo hacían para pagarle al santo una manda, deuda que habían contraído cuando el paduano intercedió por ellos en alguna necesidad. No obstante la mayoría de los que actualmente bailan lo hacen por gusto.

locos

 

Con información de: Luis Felipe Rodríguez, cronista de San Miguel de Allende

 

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